Cuentos

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Aprendiendo con las flores Paulo Coelho

El lector Gerson Luiz cuenta la historia de una rosa que deseaba la compañía de las abejas, pero ninguna se le acercaba.

A pesar de todo, esta flor aún era capaz de soñar: Cuando se sentía sola, imaginaba un jardín cubierto de abejas, y que todas venían a besarla. Y conseguía resistir hasta el próximo día, cuando, una vez más, abría sus pétalos.

–¿No te sientes cansada? –alguien debe haber preguntado.

–No. Tengo que continuar luchando –responde la flor.

–¿Por qué?
–Porque si no me abro, me marchito.

Aprendiendo a ver Buda reunió a sus discípulos y les mostró una flor de loto.

–Quiero que me digan algo sobre esto que tengo en las manos.

El primero hizo un verdadero tratado sobre la importancia de las flores. El segundo compuso una bonita poesía sobre sus pétalos. El tercero inventó una parábola usando la flor como ejemplo.

Cuando le tocó el turno a Mahakashyap, éste se aproximó a Buda, olió la flor, y acarició su rostro con uno de los pétalos.

–Es una flor de loto –dijo Mahakashyap–. Simple, como todo lo que viene de Dios. Y bella, como todo lo que viene de Dios.

–Tú has sido el único que has visto lo que tenía en las manos –fue el comentario de Buda.

En busca de un sabio Durante días, la pareja caminó casi sin cruzar palabra. Finalmente llegaron al centro del bosque, y encontraron al sabio.

–Mi compañera casi no ha hablado conmigo durante el viaje –dijo el chico.

–Un amor sin silencios es un amor sin profundidad –respondió el sabio.

–¡Pero ella ni siquiera me ha dicho que me quiere! –Hay personas que no paran de repetir esto, y al final acabamos por desconfiar de sus palabras.

Los tres se sentaron sobre una roca. El sabio apuntó hacia el campo de flores que tenían a su alrededor.

–La naturaleza no repite constantemente que Dios nos ama.

Pero lo podemos comprender a través de sus flores.

En la floristería La mujer caminaba por un centro comercial cuando se fijó en el cartel: una nueva floristería.

Al entrar, se llevó un susto: no vio ninguna maceta, ningún ramo, ninguna cesta, pero era Dios en persona quien atendía en el mostrador.

–Puedes pedirme lo que quieras –dijo Dios.

–Quiero ser feliz. Quiero paz, dinero, facilidad para hacerme entender. Quiero ir al Cielo cuando muera. Y quiero que todo esto se conceda también a mis amigos.

Dios se dio la vuelta y abrió algunos botes que estaban en el estante, sacó de dentro algunos granos, y le extendió la mano a la mujer.

–Aquí tienes las semillas –dijo. –Comienza por plantarlas, que aquí no tenemos los frutos.

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